articulos |Publicado el 08-06-2026

Cuando nuestras acciones no coinciden con nuestras creencias: hablemos de disonancia cognitiva

Decimos amar a los animales y al mismo tiempo participamos de un sistema que los explota. Esa contradicción tiene nombre: disonancia cognitiva. Entenderla es el primer paso para cerrar la brecha entre lo que creemos y lo que hacemos.

Ayer vi con mi mamá el episodio de Jane Goodall en "Famous Last Words", el programa de Netflix donde figuras icónicas graban una última entrevista que solo se publica después de su muerte. Jane, primatóloga, etóloga y una de las voces más influyentes en la defensa de los animales y la conservación de la naturaleza, lo filmó a principios de 2025, meses antes de fallecer en octubre de ese mismo año, a los 91 años. 

No voy a spoilear todo el episodio porque merece ser visto con calma, pero sí quiero compartir lo que me dejó pensando. Jane habló con esa mezcla única que solo ella tenía: lucidez científica y ternura absoluta. Habló de la naturaleza, de los animales, de la conservación, pero también de la esperanza como herramienta contra la apatía. Dijo que cada persona puede marcar la diferencia, que cada día tomamos decisiones que impactan el futuro, y que el verdadero potencial humano se logra cuando la mente y el corazón trabajan en armonía. Invitó a reflexionar sobre las consecuencias de nuestras acciones, sobre lo que compramos y consumimos. Y sobre la muerte dijo una frase que hice mía y que jamás olvidaré: "Si no hay nada, eso es todo. Pero si hay algo, no puedo pensar en una aventura más grande que descubrir lo que es".

Miré a mi mamá y las dos estábamos llorando emocionadas. Imposible no conmoverse con la grandeza, la ternura, la consecuencia y la energía de esa mujer extraordinaria.

Pero después vino otra cosa. Una frustración que conozco bien, que he sentido muchas veces y que quienes lean esto también podrían reconocen: mi mamá se emociona profundamente con este mensaje, reconoce la importancia de cuidar los ecosistemas, conoce el impacto que la industria ganadera tiene en la deforestación, la pérdida de biodiversidad y el cambio climático. Y sin embargo, no se ha decidido a dejar de comer carne.

¿Cómo se llama la obra? Disonancia cognitiva.

La disonancia cognitiva es un término que acuñó el psicólogo Leon Festinger en 1957, y describe algo que todos hemos experimentado alguna vez: la tensión interna que surge cuando nuestras creencias entran en conflicto con nuestras acciones. Es esa incomodidad que sentimos cuando sabemos una cosa pero hacemos otra. Y lo más interesante es lo que hacemos para resolver esa incomodidad: en vez de cambiar el comportamiento, muchas veces cambiamos la narrativa, porque es el camino fácil.

En el mundo animalista, este concepto se discute constantemente porque explica una de las contradicciones más extendidas de nuestra sociedad: la mayoría de las personas dicen amar a los animales, y al mismo tiempo participan activamente de un sistema que los explota, maltrata y tortura. Los investigadores llaman a esto "la paradoja de la carne": ¿cómo puede ser que a las personas les importen los animales y al mismo tiempo se los coman? Y no se trata solo de comerlos, si no que comerlos después de que tuvieron vidas de sufrimiento y muertes crueles.

La respuesta, según la psicología, es que desarrollamos mecanismos de defensa para no sentir esa contradicción. Minimizamos la capacidad de sufrimiento de los animales que comemos. Separamos mentalmente a los "animales de compañía" de los "animales de consumo". Decimos cosas como "es natural", "siempre fue así", "necesitamos la proteína". Son frases que funcionan como anestesia: no eliminan el problema, pero adormecen la incomodidad lo suficiente como para seguir adelante sin cuestionarse.

La psicóloga social e investigadora Melanie Joy fue más allá y le puso nombre al sistema de creencias que sostiene todo esto: carnismo. Un sistema ideológico invisible que nos condiciona a ver el consumo de productos animales como algo normal, natural y necesario. Lo potente de nombrarlo es que deja de ser "lo que simplemente hacemos" y se convierte en lo que elegimos hacer dentro de un marco que podemos cuestionar. Recomiendo muchísimo a quienes no la han visto, su charla en TEDxMünchen donde propone y explica su teoría.

Aquí es donde quiero ser honesta, porque creo que en el activismo a veces nos equivocamos con el enfoque. Señalar la disonancia cognitiva de alguien rara vez funciona como estrategia de cambio. Decirle a una persona "eres incoherente" no la acerca al veganismo: la pone a la defensiva y refuerza exactamente los mecanismos que queremos desactivar.

Lo que vi ayer con mi mamá me lo confirmó una vez más. Ella no necesita más información: ya la tiene. No necesita más argumentos: los conoce. Lo que necesita es un camino transitable, un proceso que respete sus tiempos, sus vínculos, sus hábitos de toda una vida. Y quizás lo que yo necesito es soltar la expectativa de que las personas que amo van a llegar al mismo lugar que yo, al mismo ritmo que yo. 

Sé que otras personas se frustraron al verme comer carne durante muchos años, porque aunque me encantaría decir que sí, no nací vegana.

Eso no significa dejar de intentar. Significa entender que la disonancia cognitiva no se resuelve con confrontación, sino con exposición repetida a experiencias que van haciendo que la brecha entre lo que creemos y lo que hacemos sea cada vez más difícil de ignorar. Una conversación honesta. Una comida vegana deliciosa compartida en familia. Un documental visto juntas en el sillón. Cada una de esas cosas es una semilla, aunque no veamos el brote de inmediato.

Jane Goodall dedicó su vida a demostrar que los animales tienen emociones, personalidad, vínculos familiares y capacidad de sufrimiento. Su trabajo científico fue, en el fondo, un acto de destrucción de disonancias: al probar que los chimpancés fabrican herramientas, que experimentan duelos, que se abrazan con afecto, hizo que fuera un poco más difícil para el mundo mirar hacia otro lado.

Y en sus últimas palabras, no habló de culpa. Habló de esperanza. Dijo que no nos rindamos, que cada decisión importa, que la armonía entre lo que pensamos y lo que hacemos es posible. Creo que ese es el camino: no la culpa, no el dedo acusador, sino la invitación constante a ser más coherentes. Despacio, si es necesario. Pero sin parar.

Yo sigo frustrándome cuando veo a mi mamá conmoverse con estos temas y después sentarse a comer lo de siempre. Pero también sigo cocinándole cosas ricas, llevándole productos nuevos, mandándole recetas, documentales y artículos. Porque si algo aprendí de Jane Goodall es que la paciencia también es una forma de activismo, y que la esperanza no es ingenua: es estratégica.

¿Les ha pasado algo parecido con alguien cercano? ¿Conocen esa frustración de ver la contradicción en personas que quieren pero no pueden cambiar? Me encantaría leerles en los comentarios, porque creo que esta es una conversación que el mundo necesita.

Un abrazo, nos leemos luego 💚