A un año de cuestionar la priorización del bienestar de algunas especies por sobre otras, repaso la ola legislativa global que busca prohibir las granjas de pulpos y me pregunto por qué no aplicamos la misma determinación a los animales que ya sufren en la industria.
El Día Internacional del Pulpo se celebró el 8 de octubre. Hace aproximadamente un año, esta efeméride, sumada a mi participación en una iniciativa legal para prohibir las granjas de pulpos en Chile, me inspiraron a escribir una publicación en la que cuestionaba por qué solemos priorizar el bienestar de aquellos animales que percibimos como “más inteligentes”, o de aquellos que por estar clasificados en determinadas categorías, parecen merecer más protección que otros.
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Un año después, retomo el tema de los pulpos con una reflexión nueva: el movimiento global a favor de la protección de los pulpos ha avanzado de formas que jamás habría imaginado, te cuento más a continuación.
En octubre de 2025, Chile se convirtió en el primer país de América Latina en presentar un proyecto de ley para prohibir la cría industrial de cefalópodos. En febrero de 2026, México propuso una reforma a su Ley General de Pesca, buscando prohibir a nivel nacional la cría, reproducción y engorde de pulpos y cualquier otro tipo de cefalópodo.
En Estados Unidos, siete estados ya cuentan con prohibiciones vigentes. A nivel federal, la Ley OCTOPUS Act, que busca prohibir la acuicultura comercial de pulpos en todo el país, lleva más de dos años avanzando. Y además, hace unas semanas se presentó en la Cámara de Diputados de Italia, con el respaldo de diversas fuerzas políticas, un proyecto de ley para prohibir la cría intensiva de pulpos y atún rojo.
Para cerrar, en España una propuesta legislativa registrada en junio de 2025 busca prohibir la acuicultura de pulpos. Esto nos lleva a la noticia estrella del último año: en julio de 2026, Nueva Pescanova, la empresa que impulsaba lo que habría sido la primera granja comercial de pulpos del mundo abandonó el proyecto por completo, tras años de presión de la opinión pública, la comunidad científica y grupos activistas.
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Lo que me fascina de este movimiento es algo que rara vez se observa en el ámbito de la protección animal: la legislación está avanzando antes de que la actividad comercial haya comenzado. A mediados del siglo XX, el auge de la cría intensiva de animales para el consumo humano se produjo con una rapidez que no dejó tiempo para evaluar el impacto multidimensional y profundamente perjudicial de sus instalaciones. En consecuencia, prácticamente no existió margen de acción para que la sociedad civil pudiera organizarse e intervenir. En el caso de los pulpos, sin embargo, han surgido leyes antes de que la cría intensiva de cefalópodos pudiera consolidarse comercialmente; y esa ventana de oportunidad se ha aprovechado con eficacia.
Estas iniciativas se apoyan en datos sorprendentes: la primera granja de cría de pulpos en México, ubicada en Sisal, Yucatán y propiedad de la UNAM, reporta una tasa de mortalidad del 52%, donde aproximadamente el 30% de las muertes están relacionadas con el canibalismo. El impacto medioambiental es, además, abrumador: los pulpos son animales carnívoros que requieren presas marinas vivas; para producir un kilogramo de pulpo, se necesitan cinco kilogramos de otras especies marinas.
Este movimiento demuestra que, cuando las pruebas son claras y la presión pública se organiza a tiempo, es posible cambiar el rumbo de la industria antes de que el daño se arraigue. Para quienes formamos parte del movimiento de protección animal, donde a menudo sentimos que llegamos demasiado tarde, esto es algo valioso de escuchar.
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Dicho esto, no puedo evitar pensar en la contracara de esta idea: la cría intensiva de pollos, cerdos, vacas y peces lleva décadas integrada en nuestra economía, cultura y territorio. El sufrimiento está documentado, el impacto medioambiental es catastrófico y las pruebas están. Resulta difícil imaginar que quien conozca la realidad de las granjas de pulpos crea que es una buena idea, ¿cómo puede entonces ser una buena idea la industria lechera, por ejemplo?
Lo que pasa es que estas industrias están tan consolidadas que cuestionarlas tiene costos que como sociedad aún no estamos preparados para asumir, o al menos no con la misma urgencia con la que nos movilizamos por los cefalópodos.
No tengo respuesta para esta contradicción, pero elijo sentirme esperanzada por lo que está ocurriendo con los pulpos, y confiar en que con el tiempo canalicemos esa misma energía hacia los millones de animales atrapados en sistemas de cría intensiva, cuyo efecto devastador al medio ambiente y a la salud humana crece cada día que pasa.

