¿De qué depende la protección animal? ¿Cómo valoramos las distintas formas de vida?

Cuando nos relacionamos con los animales no siempre lo hacemos desde el mismo punto de partida. Para algunas personas, el cuidado y la protección de los animales forma parte de sus valores y ética de vida, para otras sus derechos son claves para la protección de los ecosistemas, pero también muchas personas no se han cuestionado si quiera la sintiencia de los animales. Por ello, en esta nota te invitamos a cuestionar por qué las personas solemos proteger más a los animales que consideramos “inteligentes” y a explorar una idea fundamental: toda forma de vida merece respeto, independientemente de cuánto se parezca a la nuestra.

Una forma de realizar esta reflexión, ha sido a través de la información sobre las iniciativas para prohibir las granjas de pulpos en América Latina, sin duda una oportunidad de aprendizaje y reflexión profunda, porque cuando conversamos sobre este tema con personas no tan familiarizadas con el movimiento por los derechos de los animales, la respuesta más común suele ser: "Qué tristeza, con lo inteligentes que son los pulpos".

Y claro, para las personas que vieron ell documental “Mi maestro el pulpo” tiene  claridad que estas especies de octópodos abren frascos, cambian de color en segundos y planean fugas increíbles. Pero cuando decimos que no deberían ser criados en granjas solo porque son inteligentes, revelamos algo más profundo: seguimos midiendo el derecho a la vida según nuestros propios parámetros humanos. Desde una mirada antropocentrista.

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El efecto dominó: Chile, México y el mundo

Estamos frente a una ola regulatoria global que busca proteger a estos animales antes de que sea demasiado tarde. Como pionero, Chile marcó un hito en octubre de 2025 al ingresar en la Cámara de Diputadas y Diputados una moción que prohíbe la cría industrial de cefalópodos, convirtiéndose en el primer país de América Latina en avanzar en la idea de legislar de forma preventiva. Siguiendo estos pasos, el 25 de febrero de 2026 se presentó en el Senado mexicano una iniciativa para prohibir a nivel federal la reproducción y engorda de pulpos, calamares y sepias en cautiverio. Esta medida no solo protege a los animales, sino también a las comunidades costeras, ya que actualmente el 100% del pulpo consumido en México proviene de la pesca artesanal. A este panorama se suma el freno en España, donde el mediático proyecto de la empresa Nueva Pescanova para abrir la primera granja comercial en las Islas Canarias fue rechazado por las autoridades al concluir que implicaba riesgos ambientales significativos. Finalmente, Inglaterra se unió a esta tendencia con un reconocimiento histórico al modificar sus leyes de bienestar animal para catalogar formalmente a los cefalópodos como seres sintientes, basándose en evidencia de que sienten dolor y angustia.

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La cruda realidad del cautiverio

Para entender por qué es tan urgente frenar estas granjas, no necesitamos mirar escenarios imaginarios, pues basta con analizar los datos de las instalaciones de investigación en Sisal, Yucatán (México), que llevan más de 12 años intentando hacer viable la acuicultura de pulpos. Los números demuestran que el confinamiento es una tortura para ellos: las tasas de mortalidad en cautividad superan un alarmante 52%, y el 30% de estas muertes son atribuibles al canibalismo provocado directamente por el estrés del encierro (Aquatic Animal Alliance, 2025). Sumado a esto, a nivel ecológico representa un verdadero desastre, ya que se requieren aproximadamente tres kilos de pez silvestre para producir un solo kilo de pulpo. Finalmente, a este crítico panorama se añade un problema ético insuperable hoy en día, puesto que no existen métodos de sacrificio humanitarios validados para los pulpos, por lo que la industrialización de su consumo no es posible desde una perspectiva de bienestar animal .

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Una ética ecológica más allá de la inteligencia

El avance de estas leyes no se basa solo en asombro, sino en ciencia dura. Como lo reafirmó la reciente Declaración de Nueva York sobre la Consciencia Animal (2024), existe un consenso científico de que los cefalópodos son seres sintientes, capaces de experimentar dolor, miedo o placer.

Sin embargo, si seguimos justificando la protección de un animal basándonos exclusivamente en su intelecto cognitivo, corremos el riesgo de crear una jerarquía de vidas "valiosas" vs. vidas "descartables". Nos asombra el pulpo, pero ¿qué pasa con los peces, los camarones o las gallinas, cuya inteligencia es distinta o menos visible para nosotros?

El debate sobre las granjas de pulpos es una oportunidad perfecta para repensar nuestra ética. Dejemos de proteger solo a las especies que admiramos o que logran resolver rompecabezas, y empecemos a hacerlo por simple justicia y coherencia. Los pulpos nos recuerdan de forma silenciosa que existen muchísimas maneras de percibir y de existir. Tal vez la verdadera pregunta no sea cuán inteligentes son los animales, sino cuán sabios y empáticos queremos ser nosotros para aprender a vivir en respeto y armonía con ellos.

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Transformar esta profunda reflexión en acciones concretas es el primer paso para construir un mundo más compasivo. Si quieres conocer más de la campaña Pulpos Libres en México, Chile y Perú, te invitamos a firmar las peticiones para prohibir estas prácticas.

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